miércoles, 20 de enero de 2016

COSAS DE VENTA



Está amaneciendo y en las esquinas de la 25 y la D, suburbio de la urbe, trastos viejos y de segunda mano son arrastrados dentro de unos viejos sacos. Esta es la bulla de los vendedores informales de las ‘cachinerías’ que se están ubicando en sus puestos para comenzar una nueva jornada.
Tienden sobre la calzada unas sábanas que un día fueron blancas, pero que ahora lucen manchadas y zurcidas. Y, si no las tienen, usan una lona de cualquier color, con tal de que su mercadería no repose sobre el piso mojado que dejó la lluvia de la noche anterior.
Reposando bajo la sombra de un viejo parasol, Reyes comenta cómo es la ‘movida’ en la ‘cachinería’, según sus propias palabras.
Señala que su trabajo inició hace 1 años en el tradicional “mercado negro” de las calles Pío Montúfar y Alcedo, pero en el 2015 él y sus compañeros fueron desalojados por orden municipal y, desde entonces, se instalaron en el actual sector.
Allí venden desde labiales hasta grabadoras de sonido, artículos que son reciclados, según el comentario de Reyes. “No compro nada a revendedores, porque no sabemos si es robado o no”, expresa; pero la gente que lo escucha no le da tanto crédito.
Mientras escucha una canción rocolera, él espera a sus clientes, también llamados ‘patos’, según indica.
“Aquí vienen quienes buscan cosas escasas, pero que en esta ‘cachinería’ pueden encontrar”, dice entre risas.
Reyes sigue con su relato, pero enseguida es interrumpido por su primer cliente, un señor de aproximadamente 45 años, quien no quiso identificarse. Solo se sabe que busca zapatos.
No charlan más de 2 minutos y llegan a un acuerdo de pago. El cliente ‘regatea’ y logra comprar el par de zapatos en $ 5,00.
Reyes solo saca una funda de esas rayadas y guarda su primera venta. Por otro lado cobra su ganancia y se la guarda en el bolsillo izquierdo, no sin antes pasársela en forma de cruz por su frente, esto como señal de que se bendiga el dinero, según lo dijo.
Frente a su puesto se ve más gente aglomerada. Es una especie de ‘boutique’, según señala Florencia Pincay, con la única diferencia de que esta vende ropa usada.





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